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2005 S. Žižek, Bienvenidos al desierto de lo real, Akal, Madrid 2005, pp. 125, ISBN 9788446020387Slavoj Žižek es un autor que destaca por su capacidad para utilizar y entrecruzar con un ritmo frenético y apremiante, ámbitos disciplinarios y enfoques analíticos de naturaleza extremadamente compleja: de la filosofía a la política, de la crítica cinematográfica al psicoanálisis, hasta la cultura popular. Tras la publicación de Il godimento come fattore político (Raffaello Cortina, Milán 2001), Bienvenidos al desierto de lo real es el último trabajo del filósofo esloveno traducido al italiano: se trata de la ampliación de un ensayo aparecido en Alemania con ocasión del 11 de Septiembre. Un tema, desde luego, no exento de abundante literatura, se podría decir: sin embargo, el estilo intencionadamente provocativo, convierte el texto en una lectura en absoluto banal y obvia, si bien en ocasiones es retorcida y en algunos puntos discutible. Dando prácticamente la vuelta a la visión gramsciana, Žižek afirma la necesidad de una clase de "intelectual in-orgánico", siempre dispuesto a evidenciar las mistificaciones ideológicas de todos los poderes constituidos e institucionalizados, en un constante esfuerzo de deconstrucción analítica de las fenomenologías para volver a compaginarlas en nuevos paradigmas interpretativos que se escapen a los aut-aut que nos vienen impuestos cada vez más a menudo ("o con nosotros o con el terrorismo" es sólo el más reciente). Bienvenidos al desierto de lo real es la frase pronunciada por Morpheus, el conocido personaje de Matrix que lidera la resistencia en una Chicago de postguerra global, en la que la realidad material es virtual, producida por un mega-ordenador al que todos están conectados. De hecho, el libro arranca de un paralelismo entre el escenario dibujado por los hermanos Wachowski, directores de la película, y la Nueva York de después del 11 de septiembre. El ataque al World Trade Center, según el autor, es la concreción de las fantasías hollywoodianas, el ingreso en la realidad de aquella aparición fantasmagórica que el tubo catódico nos transmite desde hace décadas a través de las películas de ciencia ficción y los horrores de zonas del planeta consideradas "remotas". Ya no es la industria cinematográfica la que mira a la industria bélica, sino viceversa: no sólo Steven Spielberg rehace ET eliminando la palabra "terroristas" y sustituyendo las pistolas de los policías por unas más tranquilizadoras antorchas eléctricas, sino que un grupo de directores y guionistas bajo mandato del Pentágono, dibuja maquinas de guerra y fantaestrategias fílmicas, que resultan aún más reales que lo real. Sobre esta base, Žižek se opone al cometido del "retorno a lo real", atribuida por el sentido común al psicoanálisis, para seguir, en cambio, la lección de Jacques Lacan: es necesario "cruzar la fantasía", identificarse con ella, sobre todo con aquella fantasía que forma el exceso que resiste a la inmersión en la realidad que vivimos diariamente. Distante de los cómodos profetas del día después, siempre prestos a la ritual formulita del "nada será ya como antes", para el autor, el 11 de septiembre no ha sido el gran acontecimiento que abre el siglo XXI, sino el espectacular canto del cisne del XX. El futuro escenario se iniciará cuando el fuego y el metal de las torres gemelas destripadas sea sustituido por una guerra en la que el ataque es invisible, despojada de los últimos vestigios de tangible materialidad. Siguiendo este razonamiento, es con el ataque a Afganistán y la difusión del pánico por el ántrax en Occidente, con lo que podemos extraer las primeras indicaciones sobre el nuevo milenio: "Una superpotencia que lucha contra un mísero país desierto y que al mismo tiempo es rehén de bacterias invisibles: ésta, y no las explosiones del WTC, es la primera imagen de la guerra del siglo XXI". Una guerra invisible que, aún más que en el pasado, deja a la mayoría de las personas a merced de las posibilidades manipuladoras de los medios de comunicación porque es a través de la pantalla y las conexiones virtuales como la guerra existe y toma forma. En este nuevo contexto desaparece toda diferencia neta entre guerra y ayuda humanitaria: el mismo avión puede de forma alternativa soltar bombas o cajas de alimentos, desembarcar soldados o voluntarios de la Cruz Roja, imponer potencia militar o consenso ideológico. Aquí el análisis es deudor de la premonición de Carl Schmitt, que ya hace algunas décadas advertía de que la guerra más terrible sólo puede ser afrontada en el nombre de la paz, la opresión más terrorífica sólo en nombre de la libertad y la deshumanización más abyecta sólo en nombre de la humanidad. Rechazando la ya conocida tesis patrocinada por Huntington del choque de civilizaciones, Žižek no se limita a una genérica apelación a la tolerancia, sino que, en cambio, habla de choques dentro de cada civilización, todos reconducibles a los nuevos equilibrios del capitalismo global. En la argumentación del autor emerge una homología entre los Estados Unidos en el papel de policía global y las acciones de Al Qaeda: la elección entre Bush y Bin Laden se revela así como una falsa elección, porque no se trata de dos partes radicalmente alternativas entre sí, sino de dos variantes colocadas ambas en la misma vertiente, la del capitalismo global. Según Žižek, de hecho, los fundamentalistas islámicos no son verdaderos fundamentalistas, sino que representan una versión modernizadora del mundo árabe: el ataque del 11 de septiembre es un ejemplo extraordinario de ello, con su evidente capacidad para utilizar las más avanzadas tecnologías occidentales, además de la potencia de amplificación, de producción simbólica y formativa de los medios de comunicación globales. Por tanto, según el autor, la lucha contra el terrorismo es una lucha interna al mundo capitalista, entre una superpotencia y su (en términos lacanianos) exceso obsceno. El análisis de Žižek insiste en los mecanismos recónditos de producción del consenso. Es un crítico implacable de la "ideología hegemónica del multiculturalismo democrático", entendida como aquella apología de las diferencias entre iguales o, igualmente, entre integrables, que finalmente se revela como el arma más feroz para excluir la real alteridad y para desterrar toda posibilidad de lo que se llama "antagonismo vertical", es decir, una potencial síntesis conflictual que ponga radicalmente en discusión el orden dominante. Además, siguiendo la estela de Alain Badiou, el autor critica a Deleuze, teórico de la proliferación de diferencias no totalizables, cuya exaltación enmascararía la subyacente monotonía de la vida global y justificaría la falta de alternativas radicales al sistema existente. También en varias partes del texto se produce un interesante "cuerpo a cuerpo" del autor con Habermas, el más conocido entre los últimos exponentes de la que fue la Escuela de Frankfurt: se critica su "optimismo" ilustrado, esa apelación a la Razón que, a menudo, termina desembocando en una apología conservadora del status quo liberal-democrático. Uno de los blancos preferidos de Žižek está consecuentemente representado por ese pensamiento postmoderno que, en nombre del fin de los grandes relatos y del advenimiento de una época liberada del peso de las ideologías, auspicia un retorno al individuo y a la propia intimidad cotidiana. Estas argumentaciones, objeta el filósofo esloveno, terminan paradójicamente por transformar la misma intimidad en una dimensión completamente alienada y cosificada. "Retirarse a la esfera privada significa adoptar consignas sobre la autenticidad privada que son puestas en circulación por la reciente industria cultural [...] El resultado final de la subjetivación global no es la desaparición de la 'realidad objetiva' sino la desaparición de nuestra misma subjetividad, transformada en un empalagoso capricho, mientras la realidad social continúa su recorrido". La única posibilidad de ruptura e inversión de un proceso de cosificación respecto al cual (al menos en Occidente) ya no parece que haya un fuera, se da, a decir del autor, en la invención de una nueva colectividad. La ausencia de vida del hombre contemporáneo, la aburrida monotonía en la que se ve atrapado, se puede reconducir a la búsqueda de la seguridad como valor en sí, al miedo hacia cualquier cosa que pueda provocar un desequilibrio. En cambio, lo que hace la vida digna de ser vivida es, para el autor, precisamente el exceso de vida, la conciencia de que existe algo por lo que estamos dispuestos a arriesgar nuestra existencia. Por tanto, sólo cuando estamos dispuestos a correr el riesgo del desequilibrio estamos realmente vivos. El actual homo sacer del que habla Agamben es, según Žižek, el que se ve privado de su humanidad y de su vida a través del mismo paternalismo de la seguridad y del equilibrio con el que se le cuida, el destinatario de la biopolítica sistémica. Aquí como en otras partes, el autor se enfrenta al intento, tan difícil como interesante, de mantener juntos a Lacan y a Lenin. Volviendo al texto, otra forma de mistificación funcional al capitalismo global está representada por los conflictos etno-religiosos pensados ya como naturales: para Žižek éstos no hacen otra cosa que transfigurar los antagonismos reales, tal como es evidente en la tensión árabe-israelí. Sin embargo, suscita algunas dudas la propuesta del "socialismo islámico" como solución hegeliana del problema: un camino que, en estos términos, ya ha sido intentado, como subraya el mismo Žižek, y que en absoluto ha sedimentado formas reales de liberación. De manera análoga, se han dirigido al texto algunas críticas, por la lectura simplificadora de la guerra en los territorios de la ex-Yugoslavia: un análisis que, sobre todo en la demasiado rápida identificación de los no responsables y de las víctimas, no siempre está en sintonía con los complejos marcos que el autor esloveno se demuestra capaz de construir. En cualquier caso, desde el punto de vista metodológico es importante la indicación proporcionada por Žižek: moviéndose en la ambivalencia de los procesos, hay que estar en condiciones de huir de las falsas elecciones impuestas desde arriba, tanto de las hipótesis reaccionarias como del compatible politically correct progresista, para identificar una vía de fuga, una tercera posibilidad que ponga radicalmente en discusión las otras dos. Un muy agudo ejemplo de ello nos los proporciona Žižek cuando, en Il godimento come fattore político, critica el desarrollismo de Marx, que termina por identificar el capitalismo con la aceleración de la dinámica productiva, con la superación de los límites que el sistema se pone a sí mismo: el comunismo, por tanto, como completivo de las promesas de la revolución capitalista allí donde éstas no pueden ser mantenidas. Pero, pregunta el autor esloveno, ¿el objeto del deseo (la expansión incontrastable de la productividad) permanecería así aunque se viese privado de la causa que lo produce (la plusvalía)? Este es el nivel de radicalidad con el que nos tenemos que confrontar. En definitiva, incluso allí donde el texto peca de simplismo o tiende a convertirse en laberíntico, queda un estímulo importante para un pensamiento que quiera ser realmente crítico, rechazando ir a remolque de las categorías impuestas por el status quo y, al mismo tiempo, evitando las hipóstasis y los cortocircuitos en los que, a menudo, termina tanto pensamiento alternativo. En el obstinado y nunca banal esfuerzo de poner en discusión lo que es aceptado, de rasgar los velos de la mistificación y la hipocresía, Žižek nos obliga - incluso cuando no convence del todo- a interrogarnos continuamente, a no conformarnos nunca con certezas que, a menudo dadas por sentadas, esconden en cambio la marca profunda de herencias culturales e identitarias de las que nos creíamos libres. |
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